El ejército iraní se ha visto significativamente debilitado. Si bien su régimen fundamentalista islámico aún se mantiene en el poder, muchos de sus máximos dirigentes han muerto en bombardeos.
Sin embargo, en la actualidad, muchos de los objetivos declarados por Estados Unidos siguen en entredicho. Se desconoce el destino del uranio enriquecido iraní, base de su programa nuclear. El país aún ejerce influencia sobre grupos regionales afines, como los rebeldes hutíes en Yemen.

E incluso si Irán abre completamente el estrecho de Ormuz, sin condicionar el paso de buques al pago de peajes u otras compensaciones, su capacidad para controlar este punto estratégico geopolítico es ahora más evidente que nunca.
En una declaración posterior al mensaje de alto el fuego de Trump, el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Seyed Aragchi, afirmó que Irán detendría sus «operaciones defensivas» y permitiría el paso seguro por el estrecho de Ormuz «en coordinación con las fuerzas armadas iraníes». Añadió que Estados Unidos había aceptado el «marco general» del plan iraní de 10 puntos.
Ese plan incluye la retirada de las fuerzas militares estadounidenses de la región, el levantamiento de las sanciones económicas contra Irán, el pago de indemnizaciones por los daños de guerra y permitir que Teherán mantenga el control sobre Ormuz. Es difícil imaginar que Trump acepte alguna de esas condiciones, lo que indica que las próximas dos semanas de negociaciones podrían ser complicadas.
Por el momento, sin embargo, esto representa una victoria política para Trump. Lanzó una amenaza contundente y logró el resultado deseado. Pero el alto el fuego es un respiro, no una solución permanente.
El costo a largo plazo de las palabras y acciones del presidente, y de la guerra en general, aún no se ha evaluado por completo.